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sábado, 4 de mayo de 2013

Cinco mitos sobre el resfriado: no influye el frío, no se cura con vitamina C, ni con antibióticos… (y II)

vitamina CSeguimos desmontando mitos sobre los resfriados, que de tan comunes parecen inmunes al escrutinio crítico.


Si en la anterior entrega de este artículo os hablaba de que el frío no tenía nada que ver con pillar un resfriado (al menos directamente) y que los antibióticos no eran útiles para curarlos, hoy vamos a abordar otros tres mitos tan arraigados como las raíces de un árbol milenario:


3. La vitamina C no cura el resfriado


Este mito tiene un origen curioso, porque procede de una autoridad tan respetada como Linus Pauling, Premio Nobel de Química. Sin embargo, todos los estudios que se han hecho posteriormente sugieren que Pauling andaba equivocado: la vitamina C no sirve para tratar el resfriado. Ni siquiera contribuye a mejorar los síntomas.


Lo que hace la vitamina C es combatir otras enfermedades, como el escorbuto, que es una enfermedad que provoca que sangren las encías o que las heridas no cicatricen.


Bien lo sabían los marineros (que viajaban largo tiempo manteniendo una dieta deplorable), hasta que un médico inglés, James Lind, se dio cuenta que bastaba con añadir zumo de lima a la dieta de los marineros para prevenir el escorbuto. Los marineros también tuvieron que darse cuenta de que la estrella Polar no es la más brillante del cielo nocturno, pero eso ya es otra historia de la que podéis leer más extensamente en este artículo.


Así pues, a pesar de las bondades de la vitamina C, no es útil para el resfriado, aunque nos apetezca mucho tomar un zumo de naranja cuando estamos enfermos.


A este respecto, también aprovecho para desmontar otro mito en relación a los suplemento vitamínicos o alimentos funcionales que prometen una dosis extra de vitamina C: en el Primer Mundo es muy difícil que una persona normal y sana tenga déficit de vitaminas en su dieta habitual. Salvo en casos de determinadas enfermedades o embarazos es necesario tomar un suplemento vitamínico.


4. Resfriado y gripe no son lo mismo


Existen más de 200 virus conocidos que generan un resfriado, que se caracteriza por mucosidad, estornudos y una duración de 3 a 10 días. La gripe, sin embargo, es una enfermedad diferente, y puede provocar daños irreparables o incluso la muerte si no se trata convenientemente.


5. Hay que beber muchos líquidos


No hay pruebas científicas de que beber más líquidos cuando estamos resfriados permita curarnos antes. El problema es que muchas personas, sobre todo mayores, tienden a beber pocos líquidos, y no está de más recordarles que hagan el esfuerzo de beber más. Pero una persona normal generalmente bebe lo adecuado.


Un nivel correcto de hidratación ayuda al proceso natural de fluidificar las secreciones mucosas, y por tanto de extraer más rápidamente el virus del resfriado.


Pero hay que tener en cuenta que en nuestra dieta ya hay mucha agua: incluso un trozo de carne o un filete de pescado tienen una cantidad de agua sorprendente. Incluso un trozo de pan tiene agua. Beber mucha más agua de la que reclama nuestro organismo, pues, no hará que luzcamos una piel más bonita o que favorezca la eliminación de toxinas: es precisamente no beber cuando se tiene sed lo que provoca estos síntomas.












via Xatakaciencia http://www.xatakaciencia.com/salud/cinco-mitos-sobre-el-resfriado-no-influye-el-frio-no-se-cura-con-vitamina-c-ni-con-antibioticos-y-ii

Cinco mitos sobre el resfriado: no influye el frío, no se cura con vitamina C, ni con antibióticos… (I)

resfriadoA pesar de que los resfriados son uno de los padecimientos más comunes del ser humano (o precisamente por eso), a su alrededor han proliferado toda clase de mitos que, por mucho que se insista con la evidencia científica, siguen repitiéndose machaconamente.


Sirva esta relación de los cinco mitos más comunes para reducir un poco más su poder memético, ya que su propagación vírica es casi inevitable.


1. El frío no influye directamente en los resfriados


A pesar de que nos digan lo de “abrígate que hace frío y te puedes resfriar”, lo cierto es que el frío no está implicado directamente en el contagio vírico de un resfriado. A decir verdad, a los virus no les gustan nada los ambientes fríos.


El hecho de que se produzcan más resfriados en invierno, pues, responde a motivos secundarios que, eso sí, están motivados por la bajada de temperaturas. Todavía no se conocen todos los motivos, pero se barajan algunas hipótesis.


La primera es que el frío propicia que nos encerremos con más facilidad en estancias calientes y mal ventiladas, lo que provoca que entre nosotros nos contagiemos más fácilmente (de hecho, siempre estamos respirando virus, y uno sólo se contagia cuando el virus consigue derribar las murallas numantinas de nuestras defensas o cuando inhalamos más cantidad de virus de lo normal).


La segunda tiene que ver con los mocos. Es en los mocos donde los virus se quedan enganchados en su gran mayoría, y ese moco fluido es expulsado al exterior mediante una especie de “pelos” que hay en las células de la tráquea llamados cilios. El movimiento de estos cilios es lo que provoca que el moco se mueva hacia arriba, hasta que llega al cuello y nos los tragamos, así los virus enganchados en el moco acaban digeridos por el ácido del estómago.


Sin embargo, por culpa del frío, el movimiento de estos cilios se torna más lento, de modo que el moco se mueve más despacio y el virus del resfriado dispone de más tiempo para llegar a la superficie de las células. Entonces algunos de ellos consiguen hacer copias de sí mismos e iniciar la infección.


2. Los antibióticos no sirven


Cuando estamos resfriados, lo más efectivo es estar abrigados y hacer reposo. Al ser producido por un virus, el resfriado es inmune a los antibióticos (sólo atacan a las bacterias), y al existir tantos tipos diferentes de virus, las vacunas tampoco son efectivas.


Es común que la gente confunda los virus y las bacterias, o los considere prácticamente lo mismo: microorganismos que causan enfermedades. Pero las diferencias entre los virus y las bacterias son enormes. Las bacterias se parecen, de hecho, más a un ser humano que a un virus: pueden tener muchos tamaños y formas, pero siempre tienen unas características comunes, como una membrana celular que las aísla del exterior; y en su interior hay ADN y una maquinaria para fabricar las sustancias que produce la bacteria.


Los virus, por el contrario, no tienen membranas, no tienen maquinaria, no tienen casi nada de nada. Únicamente un fragmento de ADN (a veces es ARN) y unas proteínas que lo envuelven. Son como jeringuillas andantes: flotando en el medio, encuentran una membrana celular, introduce su ADN en la célula y ésta acaba por seguir las instrucciones del ADN del virus, como si hubiera sido vampirizada (generalmente, la instrucción principal suele ser “fabrica más virus como yo).


Por sí solos, el virus, al no ser prácticamente nada, es difícil atacarlo, pues no podemos interferir en su metabolismo (no tiene), no podemos romper sus membranas (no tiene)… ni siquiera podemos matarlo porque ni siquiera podemos considerar que esté “vivo” (como los vampiros). Por eso los antibióticos nada pueden hacer con los virus.


En la próxima entrega de este artículo, descubriremos los basamentos de otros tres mitos relativos a los resfriados.


Vía | 100 mitos de la ciencia de Daniel Closa i Autet












via Xatakaciencia http://www.xatakaciencia.com/salud/cinco-mitos-sobre-el-resfriado-no-influye-el-frio-no-se-cura-con-vitamina-c-ni-con-antibioticos-i

miércoles, 13 de febrero de 2013

Cosas que probablemente no sabes de las vacas: con la sangre se fabrica cola, fertilizante y la espuma de los extintores

vacasLas vacas son animales fascinantes, y no sólo porque den leche y carne. Por ejemplo, nos ayudan en el desarrollo de vacunas (vacinus, “vacuna” en latín, deriva de vaca). Los pulmones de vaca se usan para fabricar anticoagulantes, las placentas son un ingrediente importante en muchos cosméticos y productos farmacéuticos, y el septo (el segmento de cartílago que divide las fosas nasales) se convierte en un medicamento para la artritis.


Con la sangre se fabrica cola, fertilizante y la espuma de los extintores. Con los huesos de vaca, entre otros ingredientes, se fabrica el líquido de frenos, tal y como explica John Lloyd en El pequeño gran libro de la ignorancia (animal).


Plinio el Viejo recomendó una vez un brebaje a base de hiel de toro, jugo de puerro y leche humana para curar el dolor de oídos (aunque sigo prefiriendo el remedio de la abuela de unas gotas de aceite templado). Para la receta original de margarina, Hippolyte Mège-Mouriés usó ubres de vaca en lonchas, grasa de ternera, jugos gástricos de cerdo, leche y bicarbonato.


Vaca en primer planoLas vacas que están en pastos rodeados por cercos de alambre pueden sufrir la enfermedad del alambre. Está provocada por los restos de alambre, grapas y clavos que tragan las vacas cuando comen. Para tratarlas se les administra un imán. El imán se sitúa en la primera parte del estómago y permanece ahí toda la vida de la vaca.


Si el cerco está electrificado, entonces las vacas recuerdan perfectamente que intentar atravesar esa zona produce dolor. Hasta el punto de que, si se retira el cerco, la vaca no vuelven a travesar esa línea. Por mi parte tuve una pequeña experiencia al respecto cuando viajé a Suiza, que quizá os apetezca leer para reíros a mi costa: El día que fui a visitar la catarata donde murió Sherlock Holmes… y casi me electrocuto.


Pero las vacas, sobre todo, son gigantescas fábricas andantes que contribuyen en el efecto invernadero de la Tierra. La gente piensa que lo peligroso son sus ventosidades, pero no es así. Lo que produce una media de 340 litros de metano al día son los eructos de la vaca. O sea, el 4 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. La cría de ganado produce el 18 % de todos los gases de efecto invernadero (más que todos los coches y otras formas de transporte del mundo).


Así que no es extraño decir que en Suecia existe un tren que funciona con el metano que se extrae de los órganos hervidos de la vaca: un solo ejemplar es suficiente para que el tren se desplace casi 4 kilómetros.


CercoSteven D. Levitt y Stephen J. Dubner lo explican así en su libro Superfreakonomics:


Pues porque las vacas (y también las ovejas y otros animales rumiantes) son terriblemente contaminadoras. Sus exhalaciones, flatulencias, eructos y estiércol emiten metano, que como gas de efecto invernadero es unas veinticinco veces más potente que el dióxido de carbono emitido por los automóviles (y dicho sea de paso, por los humanos). Los rumiantes del mundo son responsables, aproximadamente, de un 50 por ciento más de gas de efecto invernadero que todo el sector de los transportes.

Tal es el peligro de que las vacas destruyan el mundo con sus eructos que se está investigando una píldora reductora de metano. Tendrá el tamaño del puño de un hombre y se disolverá en las entrañas de la vaca a lo largo de varios meses.


Resulta irónico que las vacas, epítome de la contaminación, sean un complemento idóneo de un decorado alpino, epítome de la ecología. Es como contemplar decenas, cientos de basureros de residuos nucleares sobre un paisaje que podría funcionar como fondo de pantalla de Windows… y determinar que encajan allí perfectamente. Así de contradictoria es a veces la naturaleza.












via Xatakaciencia http://www.xatakaciencia.com/biologia/cosas-que-probablemente-no-sabes-de-las-vacas-con-la-sangre-se-fabrica-cola-fertilizante-y-la-espuma-de-los-extintores

domingo, 27 de enero de 2013

Disgenesia: ¿la especie humana se extinguirá porque permitimos la expansión de ADN “indeseable”?

adn-3d-iphone-4-wallpaper.jpgEn el ámbito de la información, qué duda cabe que la libre circulación de la misma, así que como el incremento de la libertad de expresión (salvo algunos obstáculos, como la blasfemia, la injuria, la calumnia, la apología al terrorismo y otras figuras), están permitiendo sociedades mejor informadas y más cultas (siempre que podamos definir “cultura” como un conjunto de conocimientos no necesariamente académicos).


En el ámbito de la medicina y la atención sanitaria está sucediendo lo mismo: tan sólo debemos sustituir el vocablo “cultura” por el de “ADN”, tal y como señala Nick Bostrom, filósofo y director del Instituto para el Futuro de la Humanidad, en la Universidad de Oxford:


Actualmente parece haber una correlación negativa, en algunos lugares, entre éxito intelectual y fecundidad. Si esa selección estuviese en marcha durante un período de tiempo prolongado, podríamos evolucionar en dirección a ser una especie menos inteligente pero más fértil, Homo philoprogenitus (“que le gusta tener mucha descendencia”).

Por otro lado, las mutaciones genéticas que antaño eran peligrosas, hogaño pueden sobrevivir y transmitirse a futuras generaciones, tal y como advierte Steve Jones, genetista del University College en Londres. Alok Jha recoge sus palabras en el libro 50 maneras de destruir el mundo:


La mutación y la selección son la materia prima de la evolución, aquello a lo que las fuerzas aleatorias de la naturaleza pueden dar forma para crear especies. Pero, así como antes eran los genes de una persona los que influían en su longevidad, dejando que fuesen solo aquellos con los “mejores” gentes lo que sobreviviesen y transmitiesen su ADN, la medicina y el estilo de vida modernos han allanado el terreno de juego, reduciendo el material con el que puede jugar la evolución.

Estas ideas, que de algún modo promueven la eugenesia, se recogen en un término acuñado en la década de 1970 por el físico y premio Nobel William Shockley: disgenesia. Un concepto que, aunque se enmascare, son herencia casi directa del ideario eugenésico norteamericano de principios del siglo XX, que incluso logró imponer la primera ley de esterilización aprobada en Indiana, Estados Unidos, en 1907, con el asesoramiento del médico penitenciario Harry Clay Sharp:


En reuniones de la Asociación Médica Norteamericana (AMA por sus siglas en inglés), Sharp convenció a sus colegas médicos para que presionaran a sus legisladores para elaborar leyes que permitieran la esterilización involuntaria de criminales sexuales, criminales habituales, epilépticos, “débiles mentales”, e “individuos defectuosos hereditarios”.

Actualmente, dicho ideario está más matizado y respaldado por investigaciones recientes, pero su sustrato parece ser muy semejante. Una de esas investigaciones que respaldan la disgenesia es la realizada por Richard Lynn, de la Universidad del Ulster, que sugería que los criminales de Londres tenían casi el doble de hijos que los no criminales.


Para dar credibilidad a dicho estudio, naturalmente, deberíamos asumir que el comportamiento criminal depende en gran parte de nuestros genes. Un tema del que, a pesar de estudios con gemelos y de la influencia del entorno, aún tiene muchos mimbres sueltos.


En El poder de la neurodiversidad, un libro de Thomas Armstrong que recientemente reseñamos por aquí, se apoyaba incluso la idea de que determinadas “patologías” no sólo pudieran ser ventajosas, sino que podrían contribuir a una necesaria biodiversidad en nuestra especie a fin de afrontar trabajos y desafíos intelectuales desde puntos de vista inéditos o mucho más fecundos (después de todo, Silicon Valley está llena de gente con síndrome de Asperger en diferentes grados, por ejemplo).


Jackie Scully, especialista en ética de la Universidad de Newcastle, abunda en ello:


Los límites del concepto de discapacidad son difusos y controvertidos. Por ejemplo, ¿en qué momento una enfermedad se convierte en discapacidad? ¿Cómo diferenciamos entre las personas discapacitadas debido a un trastorno crónico de aquellas que tienen una discapacidad pero no están enfermas? ¿Y qué pasa con las personas que, aunque padecen una anomalía fenotípica, rechazan la idea de que son discapacitadas? Es demasiado fácil acogerse al término paraguas de discapacidad sin aclarar realmente qué abarca, y también pasa por alto el hecho de que lo que creemos no deseable de una discapacidad (la desventaja, el sufrimiento o el dolor que comporta) puede deberse a razones diversas, no todas ellas biológicas.

El debate está servido. Abajo tenéis los comentarios para aportar vuestra opinión.












via Xatakaciencia http://www.xatakaciencia.com/genetica/disgenesia-la-especie-humana-se-extinguira-porque-permitimos-la-expansion-de-adn-indeseable

sábado, 19 de enero de 2013

Los orígenes de las cadenas de mensajes: si no copias este artículo, morirás

Quien no haya recibido un correo similar a éste, que levante la mano: “Copia y pega este mensaje a diez de tus contactos o sufrirás diez años de mala suerte.” Este tipo de spam es ubicuo y, hasta cierto punto, cargante (aunque constituya una excelente herramienta darwiniana para separar la gente escéptica de la magufa).


Sin embargo, a pesar de que las cadenas de mensajes pudieran parecer un efecto secundario del precio de dichos mensajes (casi cero) y el esfuerzo y tiempo que supone reenviarlos (un click, un segundo), las cadenas de mensajes hunden sus raíces en tiempos en los que el correo electrónico no había sido inventado.


Si partimos de la base de que una cadena de mensajes tiene como objetivo la replicación, independientemente de su contenido, entonces hemos de remontarnos, como mínimo, al año 1902. Es la fecha que propone Daniel W. VanArsdale, un experto en la evolución de las cadenas de mensajes, que halló el siguiente mensaje fechado en ese año: “Haz siete copias de esto exactamente como está escrito”.


James Gleick, en su libro La información, abunda en la propagación de las cadenas de mensajes:


Las cadenas de mensajes se expandieron con la ayuda de una nueva tecnología del siglo XIX: el papel carbón, colocado entre dos hojas de papel en blanco. Más tarde el papel carbón estableció una relación simbiótica con otra tecnología, la máquina de escribir. Durante las primeras décadas del siglo XX se produjeron diversos brotes virales de cadenas de mensajes. (…) Cuando se difundió su utilización, otras dos tecnologías posteriores supusieron un aumento de los órdenes de magnitud en la fecundidad de las cadenas de mensajes: la máquina fotocopiadora (1950) y el correo electrónico (1995).

La moda de las cadenas de mensajes alcanzó tal grado de histeria en Estados Unidos entre los años 1935 y 1936, que incluso el Departamento Estatal de Correos, así como diversas agencias de opinión pública, se vio obligado a intervenir para acabar con este movimiento. Estérilmente, por supuesto. Al llegar la fotocopiadora, la cosa se puso mucho peor.


Los expertos en ciencias de la información Charles H. Bennett, de IBM en Nueva York, y Ming Li, de Ontario, Canadá, analizaron una serie de cadenas de mensajes de la época de la fotocopiadora. Recopilaron un total de 33, todas ellas variantes o mutaciones de una misma carta: se diferenciaban en las faltas de ortografía, omisiones de ciertas palabras o en la colocación de determinadas frases, tal y como señalaban en su informe:


Como un gen, tienen una longitud media de aproximadamente dos mil caracteres. Como un potente virus, la carta amenaza con matarte y te induce a pasarla a “tus amigos y compañeros” (alguna variación de esta carta probablemente haya llegado a millones de personas). Como un rasgo que puede ser transmitido, promete beneficios para ti y para aquellos a los que la pasas. Como genomas, las cadenas de mensajes experimentan una selección natural, y a veces partes de ellas incluso se pasan entre “especies” coexistentes.

En Estados Unidos es ilegal enviar cartas en cadena que implique un esquema piramidal u otro tipo de aliciente financiero recogidos en el Título 18, Código de los Estados Unidos, Sección 1302, del Postal Lottery Statute. El resto, tienen vía libre. Y probablemente seguirá por mucho tiempo. Las empresas informáticas aducen que, por su capacidad de crecimiento potencialmente exponencial, son también un oneroso problema administrativo debido al consumo excesivo de ancho de banda y espacio de almacenamiento que pueden originar.


Ha habido Cartas Divinas por lo menos desde la Edad Media. Y se podría ver que en el Libro de los Muertos un meme que prometía la resurrección a los que copiaran la tumba. Aunque si nos ponemos laxos, y un poco metafóricos, acaso la primera manifestación de una cadena de mensaje sea la escrita en el Apocalipsis, 22:19: “Y si alguno quita de las palabras del libro de esta profecía, quitará Dios su parte del árbol de la vida”. Es evidente, pues, que las cadenas de mensajes han llegado para quedarse.


Y bueno, ya os podéis imaginar lo que viene ahora: cada día que pase sin que retwitteéis este artículo, morirá un gatito. Y si, además, añadís que lo he escrito yo , @SergioParra_ entonces os tocará la lotería












via Xatakaciencia http://www.xatakaciencia.com/tecnologia/los-origenes-de-las-cadenas-de-mensajes

martes, 15 de enero de 2013

¿Las cosas son cada vez más baratas o más caras? ¿Qué sería preferible? (y II)

Como señalábamos en la anterior entrega de este artículo , despilfarrar puede incentivar el abaratamiento de los productos, pero tiene otras consecuencias que no debemos obviar: el coste medioambiental.


Si el plástico es muy barato es porque se consume mucho, pero a su vez el plástico crea serios problemas ecológicos en el mar: tal vez es que no hemos puesto el precio adecuado al producto, es decir, uno que tenga en cuenta tanto la demanda como también el coste medioambiental (o efectos externos negativos).


Como señala Anderson: “una generación comenzó a reciclar. Nuestra actitud ante la abundancia de recursos pasó de la psicología personal (“para mí es gratis”) a una psicología colectiva (“para nosotros no es gratis”).


Finalmente, la ecuación resulta mucho más difícil de lo que parece. En pocas palabras: si confiamos en la bondad colectiva de la gente para que se recicle, pecaremos de exceso de confianza: la gente necesita incentivos. Un incentivo sería, por ejemplo, incrementar el coste de determinados productos. Pero ese incremento también puede influir en la demanda, y una demanda menor también puede provocar un incremento del precio, que a su vez influye negativamente en la demanda y, finalmente, la sal vuelve a usarse como moneda.


Es decir: los cerebros creativos no buscan soluciones para producir más porque hay menos consumo. Por otro lado, un precio demasiado bajo puede tener costes medioambientales irreversibles. Así que poner un precio se convierte en algo tan delicado como una operación de neurocirujía.


Según esta visión optimista, el límite de la producción agrícola parece lejano. Sin embargo, hay otros analistas que son más pesimistas, como por ejemplo Edward O. Wilson, que en su libro Consilience apunta que, si bien sólo se está cultivando una pequeña parte de la superficie de la Tierra, por ejemplo, ello ya incluye la parte más cultivable: la mayor parte restante tiene un uso limitado, o ninguno en absoluto. Y los cultivos actuales ya están empezando a degradarse, como han concluido edafólogos expertos.


Así pues, en el tema de la ecología, el optimismo que plantea Ridley o Anderson quizá no sería una buena estrategia a seguir. Y, en todo caso, en ecología, como en medicina, es un error rechazar por alarmista una preocupación: un diagnóstico positivo falso es una inconveniencia, pero un diagnóstico negativo falso puede ser catastrófico. Si hay que apostar, quizá es más apropiado apostar por la cautela.


Si por el contrario confiamos en nuevas prótesis técnicas para paliar la escasez de recursos, entonces el problema se irá agravando, requiriendo nuevas prótesis más tecnológicamente avanzadas. ¿Hasta dónde podremos llegar? ¿La espiral es infinita?


Aunque probablemente no tenemos elección. Vivir de otro modo es difícil porque estamos diseñados para consumir, tal y como desarrollé ampliamente en ¿Somos ahora más materialistas y despilfarradores que antes? El consumo, después de todo, es una de las grandes fuerzas que podría, por ejemplo, alentar a la especie humana a buscar otros mundos. Frenarlo podría condenarnos a perecer en los confines reducido de la Tierra.


La respuesta a todas estas cuestiones, pues, no parece fácil. Pero quizá tener en cuenta algunos de estos datos nos provenga de mejores herramientas intelectuales para ofrecer soluciones maduras y realistas al problema de la escasez, la abundancia, el consumo conspicuo y el futuro medioambiental del planeta. Huyendo, en la medida de lo posible, de la posiciones extremas y ridículas, como la del hippie guay o la del economista liberal que sostiene que todo se arreglará espontáneamente gracias a la ley de la oferta y la demanda.












via Xatakaciencia http://www.xatakaciencia.com/tecnologia/las-cosas-son-cada-vez-mas-baratas-o-mas-caras-que-seria-preferible-y-ii

¿Las cosas son cada vez más baratas o más caras? ¿Qué sería preferible? (I)

A pesar de lo contraintuitivo de esta idea (cuanto más consumimos, menos recursos finitos hay disponibles y, en consecuencia, los recursos son más caros), consumir más no implica necesariamente consumir más caro a largo plazo. También puede significar que las cosas son cada vez más baratas.


Esto es posible porque, al haber más consumidores, también hay más cosas, y al haber más consumidores dispuestos a consumir, también hay más personas dispuestas a crear productos que la gente pueda consumir.


Finalmente, acaban existiendo muchos más cerebros persiguiendo formas eficientes para producir más. (Algo similar a lo que ya ocurre con el consumo de alimentos: cuanta más demanda hay, más descubrimientos se realizan a fin de multiplicar los alimentos, incluso en situaciones en los que parecía que ya no quedaba nada más que comer: podéis leer más en profundidad estos casos en El día en que la escasez de caca de pájaro casi acaba con la humanidad ).


La idea de que las cosas cada vez son más baratas adquirió una patina de apuesta de casino cuando el biólogo poblacionista Paul Ehrlich y el economista Julian Simon apostaron públicamente en septiembre de 1980 sobre el futuro de los precios de determinados productos.


En las páginas del Social Science Quarterly fueron recogidos los términos de la apuesta: Simon apostaba 10.000 dólares a que “el precio de las materias primas no controladas por el Gobierno (incluyendo cereales y petróleo) no subiría a largo plazo”. Erlich aceptó, apostando por justo lo contrario. La fecha límite para comprobar quién había ganado sería el 29 de septiembre de 1990, diez años después. Ehrlich pudo escoger metales para monitorizar sus precios: cobre, cromo, níquel, estaño y tungsteno.


La apuesta, tras descontar la inflación, fue ganada por Simon. Los precios no habían subido, a pesar de que la demanda sí lo había hecho: la población mundial, en esos diez años, se incrementó en más de 800 millones de personas, el mayor incremento en una década de toda la historia. Pero el cromo había pasado de vale 3,90 dólares la libra a valer 3,70. El estaño, que estaba a 8,72, pasó a 3,88.


Las razones de que Simon ganara la apuesta las amplía el editor de Wired Chris Anderson en su libro Gratis:


si un recurso se vuelve demasiado escaso y caro, suministra un incentivo para buscar un sustituto abundante, que desvía la demanda del recurso escaso (como la actual carrera por encontrar sustitutos del petróleo). Simon creía, y con razón, que el ingenio humano y la curva de aprendizaje de la ciencia y la tecnología tenderían a crear nuevos recursos con más rapidez de lo que los usamos.

A pesar de la victoria de Simon, sin embargo, la gente, en general, sigue pensando que tácitamente Elrich tiene razón. Quizá no ahora, pero acabará pasando (una idea que, por cierto, se lleva repitiendo desde hace más de un siglo y que siempre se queda obsoleta en cuanto se establece una fecha para el fin de los recursos).


Tal vez influya el hecho de que nuestra táctica de supervivencia reside en centrarnos en el riesgo de quedarnos sin provisiones, y resulta contraintuitivo aceptar que, tal y como están las cosas, una forma lícita para evitar la escasez consista precisamente en consumir más.


El problema es que una vez que algo se vuelve abundante, tendemos a ignorarlo, como ignoramos el aire que respiramos. Hay una razón por la que la economíaa se define como la ciencia del “reparto óptimo de recursos escasos”: en la abundancia no hay que tomar decisiones, lo cual significa que no tienes que pensar en ella en absoluto. Lo podemos apreciar en ejemplos de todo tipo. El antiguo profesor de ingeniería de la Universidad de Colorado, Peter Beckmann, señaló que “Durante la Edad Media, en algunas partes de Europa sin acceso al mar, la sal solía ser tan escasa que se utilizaba como “moneda”, al igual que el oro. Veamos lo que sucede ahora: es un condimento que se da gratis con cualquier comida, ya que es demasiado barata como para medirla.

En la próxima entrega de este artículo seguiremos abundando en ello.












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